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“El río que no se olvida”: 11 años del aluvión de Copiapó y la memoria que sigue en el barro

Once años después del 25 de marzo de 2015, el río Copiapó sigue siendo el mismo río que un día se transformó en lodo, cemento y duelo. Esa fecha, el desierto de Atacama se abrió en lluvia, las quebradas se llenaron de furia y una ciudad entera quedó bajo una alfombra de barro que tardó meses en limpiarse. La tragedia dejó 31 fallecidos y 49 desaparecidos, miles de familias se quedaron sin casa y Copiapó descubrió, de la peor manera posible, que el río no era un fondo de pantalla, sino un límite vivo e imprevisible.

Desde entonces, el 25M ha pasado del caos cotidiano a la fecha conmemorativa: actos, discursos y proyectos que hablan de “resiliencia” y de un “antes y después”. Pero en los sectores ribereños, donde el barro llegó hasta las primeras líneas de viviendas, la historia se guarda de otra forma: con recuerdos que se renuevan cada vez que llueve, con miedo contenido y con la esperanza de que nunca se repita lo vivido.

Una voz que el río no se llevó

En un barrio junto al río, una vecina se queda mirando el cauce y se le humedecen los ojos al recordar aquel día:

“El día que vino el aluvión pensé que se iba a llevar todo. El agua venía con palos, con carros, con pedazos de casas…»

Pero hay una frase que resume su forma de entender el tiempo que pasó:

“El río puede secarse, pero los recuerdos no. Lo que pasó ese día nos enseñó a mirar el agua con respeto, a no darle la espalda y a recordar que el 25 de marzo pertenece a todos los que amamos a Copiapó.”

Entre planos y promesas

Desde 2015, el MOP y otras instituciones han movilizado una serie de proyectos de control aluvional sobre el río Copiapó: cordones, muros, encauzamientos y sistemas pensados para contener futuras crecidas. Uno de los grandes ejes es el proyecto “Copiapó Urbano”, que busca canalizar cerca de 46 kilómetros del río en tramos urbanos y rurales, diseñado para soportar crecidas con un período de retorno de hasta cien años, con obras que se aprobaron a lo largo de la década y se proyectan para ejecutarse en el presente.

En medios nacionales, autoridades han hablado de una “zona de riesgo ordenada” y de “una ciudad más segura”, reconociendo que el 25M marcó un antes y un después en la forma de entender el agua en el desierto. Al mismo tiempo, informes académicos señalan que la ciudad ha avanzado en instrumentos técnicos, sistemas de alerta y planes de evacuación, pero que el verdadero desafío sigue siendo cultural: aprender a convivir con el río en vez de verlo como un peligro o un adorno.

La marca que dejó el agua

En el centro de Copiapó, donde el río se siente más lejano, el 25M se conmemora en actos, fotografías y discursos sobre “memoria y resiliencia”. Pero en los sectores ribereños, el río conserva otra huella: la del olor a barro seco, la de las casas que se derrumbaron y las que volvieron a levantarse, la de las calles que se inundan con lluvias modestas y la sensación de que el río nunca se ha ido del todo.

Mientras el río Copiapó sigue allí, dormido pero presente, la ciudad guarda en sus voces la prueba más clara de que el 25M no es solo una fecha en el calendario, sino una historia que fluye junto al cauce, como un río que no se olvida, ni deja que otros lo olviden.

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